Visitamos el Jardín Botánico DE LA CONCEPCIÓN

Resulta difícil imaginar que la masa vegetal que vemos a la izquierda
cuando salimos por la autovía hacia el norte pueda esconder tanta
belleza.
Nos hacen esperar a la guía que nos mostrará el jardín. Esos escasos
minutos nos sirven para sentir el ruido del aire entre las hojas de
los árboles, contemplar el tranquilo estanque y sentirnos pequeños
ante la avenida de inmensos plátanos por la que iniciamos la visita.
La guía, una joven estudiante de botánica, nos explica con gracia
malagueña la historia del jardín: lo crearon una joven pareja de recién
casados que se dedicaron a recoger plantas de todo el mundo mientras
disfrutaban de una larga luna de miel. Después, la rica familia continuó
recibiendo plantas exóticas de los países con los que mantenían contactos
comerciales.
Nos sentimos más pequeños todavía al comparar estas vidas de lujo
con las nuestras, con vacaciones limitadas y reducidos balcones donde
regamos nuestras humildes macetas. La vista de los insolentes bambúes
que crecen a un ritmo desesperado, la contemplación de las variedades
de ficus gigantescos con sus enormes raíces terrestres y aéreas, y
de todas las miles de plantas que luchan por sobrevivir en el mismo
espacio, nos devuelven el optimismo. La vida es extranamente similar
para la mayoría de los seres vivos.
Subimos hacia la parte más alta del jardín, donde se encuentran el
palacete y el gran cenador de glicinias. Continuamos el sendero oyendo
el murmullo de las aguas y el aire entre las ramas, rodeados de especies
tropicales de decenas de anos de antigüedad. El grupo de visitantes
está relajado, se comentan las rarezas de muchas plantas, nunca vistas
para la mayoría. Nos acercamos al llamado jardín mediterráneo, con
hermosos ejemplares de pinos pinoneros y más plátanos gigantes que
nos llevan hasta el templete desde donde se divisa la ciudad de Malaga,
entre plantas olorosas.
|